La casa de los héroes



Fedosy Santaella
Ilustraciones de Víctor Santaella










Súper poderes







Leyendo a Julio Verne



El héroe, en sus escasísimos ratos libres,
lee a Julio Verne y se intenta niño
sobre el techo de un rascacielos
o reclinado sobre una roca
dentro de una cueva interminable.
Perdiéndose, busca su casa,
la que nunca tuvo, o la que perdió
en su quema de adentro, esa locura
cargada de amor por la humanidad.
Quisiera recuperar la fe en el futuro
y tener un sillón para el regreso,
como Phileas Fogg luego de darle
la vuelta al mundo, campeón siempre
de sus matemáticas. Pero el héroe no sabe
más que arder, como una zarza,
y huir de su propia sombra por la ciudad.
Quisiera sí, confiar de nuevo en Verne,
en la razón como trono del hombre,
o por lo menos, en la infancia.


En el medio del bosque


Puedes comprenderlo si te piensas desnudo
en medio del bosque, falto de pelajes,
de garras, de furia.

Inventamos el fuego porque temíamos.
La pistola, el tanque, el asfalto,
el acero de las altas torres.
El delirio de la razón.

El miedo nos hizo creer que podríamos.

Pero no sabemos derrotarnos,
tampoco rendirnos,
y así vamos, oficiando el extravío
entre el ramaje y las raíces,
tan indefensos
de nosotros mismos.


Súper poder



El amor, ese poder tan nuestro,
tan de glóbulos rojos,
sin definición geométrica
ni ciencia exacta,
tan de arrebato místico
y superchería.

El amor, su abandono,
ese vuelo, esa telepatía,
esos rayos calóricos,
esa fuerza bruta,
esa resistencia bajo el agua,
que se nos concede,
a fuerza de migajas,
y que a veces incluso
es nuestro enemigo.

Porque un súper poder
que no te niega,
tampoco sirve de nada.


Silver Surfer y la lucidez lunar






Cada día,
sobre la tabla
de sus dignidades,
mira hacia abajo
en su reverente grandeza,
dispuesto a ganar poco,
a perder mucho,
a resistir siempre.

Silver Surfer y el devorador de mundos


Para no destruir el amor
te alejas de tu amor,
y destruyes otros mundos,
otros amores.


Hulk en casa





Abre los ojos y mira, realmente mira,
niño famélico, asustado.

A su alrededor todo está roto,
la casa rota, las almas rotas.

Nunca verás
contrición más sincera.

Pero la ira es caprichosa
y el dolor no cree
en golpes de pecho.



La ira según Hulk


Espectro que atraviesa paredes,
reventándolas.







La oreja de Fibonacci






El otro Spiderman



A Hernán Zamora


Tóxica y blanca, lista para ser inhalada,
la araña de cinco patas aguarda,
ya mordida, sobre un disco de David Bowie.

Él, sonámbulo en su nariz,
se trepa a las paredes,
al techo, al visor de la puerta,
incluso a la caja del armario, adentro.

Siente el peso de lo que se viene,
la lenta tragedia de la luz.

Sobre el descampado de la sala,
la mañana lanzará sus estiletes
y una mano en red, babaza,
volcará los hilos de su noche
sobre el rostro encandilado.

Su rostro ansioso de tacto.

Pero las cosas carecen de piel,
no tienen sangre, no tienen ríos,
no se mojan entre las piernas.

Las cosas sólo saben estar muertas,
servilletas sobre la mesa,
mapas de azoteas sin vértigo,
instrucciones para dar saltos,
lecciones finales para niños viudos,
tinta corrida de la mala poesía, trazo borroso,
como si le hubieran llorado encima, aunque no.

La oreja de Fibonacci




Entregué mis laberintos a la ciudad,
y ella se perdió en mí, al fondo,
a la vuelta de mil esquinas.

La salida, desplome de oscuras piedras,
hubo de ser derribada a fuerza de mordiscos.

Ahora me dibujo una casa en la frente.

Una casa con suaves cortinas y cantos de pájaros,
donde mis dedos juegan a ser niños.

Abajo, en la breña de las raíces,
el laberinto sugiere algún oleaje malsano
que insiste en la caída.

Para el héroe resucitado,
la oreja de Fibonacci
es siempre necesaria.


La paz de las derrotas



No saldré a derribar ciudades
ni subiré mi alarido
a las colinas encendidas.

Soy viejo en las tolvaneras,
otros hicieron el mal por mí,
y yo también hice lo que me tocaba.

Escribo, me bato en duelo
con las palabras,
suficiente osadía.

He aprendido a estar en paz
con mis derrotas.

Dormir al tigre



Ven, pasa sin cuidado, míralo sobre el lecho y entre almohadones.
No en una jaula, acá no hay rejas ni cerraduras.

¿Sabes? Sobre su lomo afané incontables descampados
y arrasé poblados propios y ajenos.

Era el mal y la poesía.

Aquellos tiempos, no lo niego,
tuvieron mucho de extraña belleza.

Ahora, después de tanto, por fin el tigre descansa.
Los ojos entrecerrados, suave la respiración.

Aunque, si te detienes a escuchar,
notarás que en el pecho lleva una fisura que mastica
carbones usados, ralladuras de hierro.

Hoy le paso la mano, y él dormita, tan sólo dormita.

No está mal, es necesario que así sea.
Me hace saber que sigue vivo,
que yo por mucho tiempo estuve muerto
entre garras y colmillos.

Los resucitados, ¿sabes?,
nunca vuelven por completo.

A todos los Clark Kent del mundo


No es el héroe
quien se esconde
en mis anteojos,
soy yo
quien se oculta
en su capa,
y así imagino
y me salvo.

The Crow


El dolor busca las azoteas, las noches, las alas negras,
y contra el destino medita revanchas.

El pasado es su exilio,
esa tierra de amores muertos,
por donde avanza hacia el fondo
de las cosas vacías, sin alma.

El dolor daña, a la espera de la redención daña,
y siempre pero siempre, conoce la derrota,
la condena.

El dolor es el amor sin casa.


Crac


Prefiero a la gente rota,
la gente rota va por las esquinas
como los gatos, porque son gatos,
y se sientan en las mecedoras
a mirar la montaña, la lluvia,
a escuchar el río.
La gente rota no habla con extraños,
no le interesan, no los saluda,
no entiende de simpatías.
La gente rota se salva
en la onomatopeya
del silencio, de la soledad.
La gente rota anhela dormir días enteros,
dormir y soñar, que es como morir.
La gente rota se levanta en las madrugadas
y reza al hueco de la oscuridad
casi siempre sin esperanza.
La gente rota vive la vida,
su amor por la vida, con el desdén
de los que se saben estafados,
y se guardan las lágrimas
para cuando haya que llorar
de verdad.

Crash Test Dummy


En el estacionamiento monta la cacería, hasta que finalmente les sale al paso y los sorprende. De los escoltas se deshace y sólo deja con vida a la víctima anhelada. La somete, la reduce con apretados cinturones y la sienta en el puesto del acompañante. Entonces toma el asiento del conductor y aguarda hasta la madrugada para salir con estrépito a las calles vacías.

Conduce a toda velocidad e impone en su víctima el horror del vértigo.
Grita, la víctima grita, su boca no ha sido vendada. Crash Test Dummy quizás sonríe tras su máscara, o evidente en su máscara, que es ya una sonrisa.

En cierto momento entrompa una pared y se estrella a cientos de kilómetros por hora.

Entre el humo y el latón retorcido, Crash Test Dummy sale
y se aleja en la noche saturada de olor a sangre y carne chamuscada.

Otro criminal ha muerto.

Batman en el dintel




La locura nunca te deja, pactas con ella
y de vez en cuando le abres la puerta.

Reverente, da un paso hacia afuera
y te hace creer que estás al mando.

Batman en estas tierras


¿Qué haces acá? ¿Por qué has venido?

De dónde vienes, tu máscara es tan sólo parte
de un juego con las reglas bien asentadas,
un divertimento de niños en blanco y negro.

Finalmente te atajó la locura.  ¿Se trata de eso?

¿Te veremos acaso corriendo desnudo, hirsuto,
fustigando con una lámpara el asombro del otro?  

¿O tomando quizás la cicuta?

Regrésate, por favor, evita el delirio, la vergüenza,
deja a un lado tus seguridades.

En este mundo, ten cuidado:

el Guasón podría ser
tu mejor aliado.

El otoño de Bruce Wayne


A veces, cuando en las cosas se deriva
y almuerza en cualquier mesa
clavada al piso de cualquier feria de comida
de cualquier mall de Ciudad Gótica.

A veces, le llegan, sí, los recuerdos.

Nada que le estalle en la cara:
un tejado y su silueta al viento,
un salto al vacío,
un mandala de murciélago,
una tanquilla con vapor nocturno,
un Pow!,
un Clank!,
un Bong!
de una de esas tantas batallas
contra él mismo.

Más allá del anuncio de McDonald´s,
en medio de su soledad con agujeros,
acaricia esos recuerdos,
y su cuerpo, que alguna vez
fue un verdadero cuerpo,
hace descansar las manos
sobre sus muslos,
como si estuviera bien,
como si ya no importara.








La eterna contienda








Poema del exorcista Constantine para ser leído por una novicia virgen


Tu cuerpo
es la eterna contienda.

Pero él permanece
siempre fiel, atento
a cada rigidez
de tu alma,
tan beata.

Cuando un cuerpo muere,
las almas dejan de sentir,
de amar, pues tan sólo
se ama con el cuerpo.

Ni los demonios
ni los ángeles
saben amar.

Salva tu cuerpo,
no tu alma.


Flash


—¿Adónde vas con tanta prisa?
—Huyo.
—¿Qué ocurre?
—Me enamoré.

Daredevil



Recuerden las manos, cómo se posan sin presión.
Rainer Maria Rilke.


Tocar tu rostro, transitarlo,
como si no me lo creyera,
como si mis manos disipasen
los atavíos de la sombra.

Ladrón de la gracia,
incrédulo de mi suerte,
por los dioses cegado,
sigo en pie, y quizás por ello
soy también héroe.

Ensayo sobre el film Thor de Kenneth Branagh




1
Thor dijo:
Golpe tras golpe, el martillo
derribará este puente. Me haré
triste, sabio, podré ser el rey
de las murallas de Asgard.

Jamás volveré al amor,
ese reino de la caída,
de la mortalidad de los dioses.

Ese reino
siempre en llamas.


2
No sabía Thor
que Odín su padre,
Odín la vida,
Odín de la Barca
lo soñaba.

Sus sueños
eran un plan perfecto
de ordalías y penas,
sobre todo de penas,
para el hijo
demasiado humano.


3
Loki el rebelde, la llama que no parpadea,
estanca su paseo por el gélido jardín de sus delicias.

En la ventisca de nieve, algo cálido se insinúa,
(pero, sobre todo) algo sonríe y se aleja.

Él no alarga el brazo, ni siquiera en el vacío cierra los dedos.
No sabe sentir, no sabe cómo.

El frío es hermoso, pero también quema.

  
4
Quizás Thor no comprenda
que nada salva,
que salirse de ella
no lo hará más fuerte,
que la seguirá amando,
que para los dioses
también hay verdugos,
que despertar
será el peor
de los suplicios.


5
Ella mira las estrellas, las estudia,
busca un portal y pide respuestas al futuro,
pero el futuro es una mortaja
que ciega contempla.

Conducta en los postes


El poste ha de tener cuerda floja,
y pájaros, por lo menos uno
(un poste sin pájaros no es un poste).

El gato, héroe absurdo, debe resbalar
y aferrarse, la cola en vilo,
terco en su ojo, en su silencio.

El ave habrá de mirarlo, indiferente,
pero con súplicas en el pecho.

Que el felino lo logre, que vuelva
al punto exacto de su equilibrio,
de su aguante, de su empeño.
Sólo eso espera, para entonces,
sin mayor piedad, emprender
feliz el vuelo, sabiendo, sin voltear,
que aquel, su gato, sigue vivo.