Un día en el ascensor, Patti se encontró con
Muhammad Alí, Cassius Marcellus Clay, el grande. Ella era sólo una muchacha,
una loquita anónima que no imaginaba el éxito que tendría en 1975, el año de
Horses, el año de esa foto en la portada donde se le ve recostada de una pared,
delgada, retadora, fascinante. Una foto de ella andrógina tomada por su Robert.
De ella hombre, de ella como los anhelos ocultos de su amante. Aquel día, Patti
Smith estaba aún lejos de los nueve álbumes que la harían célebre, y era
simplemente Patti, una poeta destartalada que hacía sus lecturas con atuendos
de boxeadora, pantalones cortos, botas y franelilla; siempre, eso sí, con
aspecto de estar un poco enojada. Pero en ese momento, en el reducido ascensor,
lo que había en su rostro era admiración y asombro. Nunca había estado tan
cerca de una persona famosa. No, no de una persona famosa, eso le importaba un
carajo; tan cerca, más bien, de un héroe, de un hombre que literalmente se
había hecho la vida a fuerza de puñetazos. Era él, el campeón que volaba como
una mariposa y picaba como una avispa; era él, el hombre que se había negado a
ir a Vietnam, el que había sido injustamente despojado de su título por estar
en contra de la guerra. Él, sí, que era un tipo duro, un tipo de respeto. Se notaba
en la mirada que el campeón sabía de la vida. Que el campeón sabía mirar. No
como el resto de la gente, que ni se enteraban de lo importante que era la
mirada. «Nadie mira como nosotros, Patti», así le había dicho su hombre, su
fotógrafo, su Robert, aquel que luego sería Mapplethorpe. Si tan sólo él estuviera
ahí. Seguro le pediría al campeón una foto. Robert sentía fascinación por los
cuerpos bien formados, sobre todo por el cuerpo del hombre negro. Robert decía
que el cuerpo de algunos negros estaba cerca de la perfección platónica. En
alguna ocasión habían fantaseado con un negro en la cama; había sido divertido.
Y ahora, ahora que estaba frente al campeón, sonreía recordando la fantasía del
negro haciendo trío con ella y con Robert. Le brillaron los ojos, empezó a
moverse inquieta, más eléctrica de lo que ella era. Muhammad Alí se dio cuenta,
sonrió. Ella se llevó las manos a la cara, dijo algo, dijo quizás, «Coño, no
puedo creerlo», o algo así. El campeón, viéndole los pantalones de boxeo y las
botas sobre el raquítico hombro, le preguntó, «¿Qué tal, también boxeas?».
«Eres tú, ¿verdad?», dijo ella excitada. «Claro que soy yo», respondió él, y
los acompañantes (dos personas, o tres quizás) afirmaron con la cabeza y
brillaron en sus caras. Luego el campeón, allí, en ese minúsculo espacio, se
puso en posición, movió un poco el cuerpo, lanzó un par de jabs muy suaves y lúdicos hacia la raquítica y luego volvió a su
posición normal. Todos rieron, Patti también. El ascensor abrió sus puertas, le
tocaba salir al campeón y a su gente. Cuando quedó sola, Patti se llevó las
manos a las sienes, brincó. «Espera que mi bello Robert se entere», decía, y
casi lloraba y casi reía. Estaba maravillada y ya saldría corriendo a la
habitación a contarle lo que le había pasado. Sin duda, para aquella muchacha
el hotel Chelsea era una casa de muñecas
en una zona desconocida.