Dormir al tigre



Ven, pasa sin cuidado, míralo sobre el lecho y entre almohadones.
No en una jaula, acá no hay rejas ni cerraduras.

¿Sabes? Sobre su lomo afané incontables descampados
y arrasé poblados propios y ajenos.

Era el mal y la poesía.

Aquellos tiempos, no lo niego,
tuvieron mucho de extraña belleza.

Ahora, después de tanto, por fin el tigre descansa.
Los ojos entrecerrados, suave la respiración.

Aunque, si te detienes a escuchar,
notarás que en el pecho lleva una fisura que mastica
carbones usados, ralladuras de hierro.

Hoy le paso la mano, y él dormita, tan sólo dormita.

No está mal, es necesario que así sea.
Me hace saber que sigue vivo,
que yo por mucho tiempo estuve muerto
entre garras y colmillos.

Los resucitados, ¿sabes?,
nunca vuelven por completo.