Ven, pasa sin cuidado, míralo sobre el
lecho y entre almohadones.
No en una jaula, acá no hay rejas ni
cerraduras.
¿Sabes? Sobre su lomo afané incontables
descampados
y arrasé poblados propios y ajenos.
Era el mal y la poesía.
Aquellos tiempos, no lo niego,
tuvieron mucho de extraña belleza.
Ahora, después de tanto, por fin el tigre
descansa.
Los ojos entrecerrados, suave la
respiración.
Aunque, si te detienes a escuchar,
notarás que en el pecho lleva una
fisura que mastica
carbones usados, ralladuras de hierro.
Hoy le paso la mano, y él dormita, tan
sólo dormita.
No está mal, es necesario que así sea.
Me hace saber que sigue vivo,
que yo por mucho tiempo estuve muerto
entre garras y colmillos.
Los resucitados, ¿sabes?,
nunca vuelven por completo.