Soñé que era Han Solo




Soñé que era Han Solo,
un bribón de sonrisa torcida,
con canas y con barba también canosa,
que llegaba a un motel galáctico y se metía
en una habitación con una bella Jedi
que se desnudaba para mí
y se bañaba al seco con un jabón especial
que le hacía tatuajes en el cuerpo,
los tatuajes que mi inconsciente
deseaba para ella.

Luego cogimos, la bella Jedi y yo,
en su piel quedaron los rastros
de lo que yo hice con ella.

Me iba tan bien siendo Han Solo,
tan solitario,
tan sin compromisos,
tan sin trabajo de oficina,
tan dueño de mí mismo
y tan poco dueño de las cosas del mundo,
asomado a la ventana, viendo pasar las naves del cosmos,
mientras al fondo sonaba (o soñaba) alguna tonada,
(algo de unos muy remotos Radio Head),
quizás del bar, quizás
de alguna otra habitación.

Fumaba yo, en mi sabiduría cansada,
un viejo cigarrillo al estilo siglo XXI,
y me decía, «De acá soy, acá pertenezco.»

En alguna parte, sobre una inmensa
playa de estacionamiento
junto a una vasta extensión de dunas,
reposaba el Millenium Falcon,
y en otro lado, no muy distante,
Chewbacca se emborrachaba
en aquel bar de donde salía la música
(ahora quizás la reliquia de un tal Tom Waits)
y le agarraba una teta
a una wookiee voluptuosa
pero igualmente llena de pelos.

Me había ido tan bien, sí,
siendo Han Solo,
que me desperté pensando
que realmente había sido
un bellaco sin perros que le ladren,
en otro tiempo, en otro lugar,
y que todo lo vivido
(nótese: lo vivido),
se asentaría,
y de ese modo yo seguiría
siendo Han Solo,
y le daría algo de dignidad
a estos días lamentables
que nos han tocado vivir.