Tú, que creíste ver
lo mejor en mí,
y ahora lo peor.
Tú, que te equivocas
con mis equívocos,
lo siento,
pero yo no podría
estar de pie
un solo segundo
en esa tierra
de convicciones.
En contra de tus anhelos,
de tu locura privada y de tu ira,
no poseo
la índole del héroe.
Seguiré creyendo
en lo que no creo
y en lo que quizás
creeré mañana,
diciendo
lo que siempre
digo de más,
destrozando
con las pezuñas
la arquitectura
de mis palabras.
Mantendré mi ruta
con retrocesos,
y causaré,
posiblemente,
algún daño,
o según tú,
mucho.
Daño sí,
el daño que hacemos
los que huimos
de algo sin nombre
a la búsqueda de algo
sin nombre.
En Esparta
todo se sabe de antemano,
los oficios, las morales,
los amores, los odios.
Yo no,
yo no podría
un solo día
en Esparta.