El héroe, en sus escasísimos ratos
libres,
lee a Julio Verne y se intenta niño
sobre el techo de un rascacielos
o reclinado sobre una roca
dentro de una cueva interminable.
Perdiéndose, busca su casa,
la que nunca tuvo, o la que perdió
en su quema de adentro, esa locura
cargada de amor por la humanidad.
Quisiera recuperar la fe en el futuro
y tener un sillón para el regreso,
como Phileas Fogg luego de darle
la vuelta al mundo, campeón siempre
de sus matemáticas. Pero el héroe no
sabe
más que arder, como una zarza,
y huir de su propia sombra por la
ciudad.
Quisiera sí, confiar de nuevo en Verne,
en la razón como trono del hombre,
o por lo menos, en la infancia.