Hoy mi madre me trajo una libreta
que ya daba por perdida. La encontró en
el cuarto
donde duermo cuando voy de visita.
El cuarto de mi niñez,
el de mis primeras lecturas,
aquel donde lloré la muerte de mi
padre,
las mismas cuatro paredes que me vieron,
alguna madrugada, inclinarme reverente
ante polvos insanos.
No le pregunté en qué espacio
exactamente había aparecido,
prefiero imaginar que se hizo carne
a la sombra del clóset,
debajo de una almohada,
entre dos cobijas.
Nada de especial tiene la libreta,
notas de un congreso,
alguna lista de mercado,
un verso fallido,
ideas al destajo,
ni un solo dibujo.
Igual la trajiné, buscando en ella
lo que ahora soy.
Como si las rayas del pasado
fuesen los rastrojos,
las brújulas rotas
de una revelación
ya olvidada.
Pero no, se trata apenas
de una libreta que se detuvo
justo a la mitad de sí misma. Justo
donde los cobardes se regresan,
y donde medita un instante
el poeta, para luego lanzarse
al abismo del lenguaje
y volver resucitado
(el lenguaje, el poeta),
frente a la luz negra
de las páginas en blanco.
Allí, donde también yo me detengo,
sin saber si dar el salto
dentro del salto que ya di.