Héroes del Chelsea, viñeta 2





Fue a leer su poesía, y a jugar a la gran fama que lo perseguía.

Muy bien, perfecto, él podía estar en cualquier parte,
siempre y cuando le tuvieran whisky.

Un alcohólico es alguien a quien temes, y que bebe tanto
como tú, solía decir.

Era octubre para Dylan Thomas. Acababa de cumplir 39
y estaba enfermo de alguna quemadura que no le importaba.

Le dijo a la chica que se fueran a la cama, y la cama quedó revuelta.
Liz se llamaba, era la asistente del director del Centro de Poesía
donde había sido invitado a leer. Un sitio importante aquel centro.

Pero él no quería más que beber, y que las sombras que lo alzaban
lo siguieran haciendo más allá del bien, más allá del mal.  
Ser famoso para beber, sólo eso justificaba su fama.

Así que dejó aquel cuarto y salió a la noche con Liz.
A la noche, a la espiral del trago inagotable,
a la búsqueda del equilibrio de sus manos,
a mojar su sonrisa de patán de quince años.

De vuelta al hotel, algo oscuro comenzó a rondarle
y a disgregarle las fuerzas del cuerpo. Otra vez
el ardor, otra vez la muerte.

Pero él tenía a Liz, y la amaba.

El amor puede, se decía.
El amor siempre gana.

Más tarde lo atendió un doctor.  

Pasaron días, ¿pasaron días?

Buscaba en el aire, el aroma, el brillo de Liz, de su esposa,
de todas las mujeres que había amado como se ama sólo una vez.

El amor puede, el amor siempre puede, se decía. Quizás en voz
alta, quizás en murmullos, o hacia dentro.

Un día le inyectaron morfina. No volvió a abrir los ojos.

En aquella habitación del hotel Chelsea, en los espejos,
bajo la cama, dentro de los cajones y en la palma del poeta
se extendieron campos de Gales, y caballos blancos, suicidas,
galoparon praderas sin horizontes.