Te esperábamos, Diane,
inquietos, inocentes y niños
en los agujeros, envueltos
en la libertad de la noche,
cuerda floja del suicida.
¿Te hicimos daño, Diane?
Tan sólo queríamos mirar tu lente,
ser francos, verdaderos
sin saber bien
qué es ser verdadero,
allí, en el centro
de nuestras esquinas,
de nuestras miradas,
humanos, nosotros,
los monstruos sin putas
ni travestis
ni ojos de ratas
bajo las mesas con faldas
de Nueva York la inmaculada.
Yo soy la cosa, dices.
Salí de la
contención de mis venas,
busqué la belleza y
la encontré.
Era más que un
paraguas,
era convulsa,
impune no quedé.
Ni siquiera los ojos
quedaron limpios,
tus ojos, los míos,
nuestros ojos, Diane.
