El
poste ha de tener cuerda floja,
y
pájaros, por lo menos uno
(un
poste sin pájaros no es un poste).
El
gato, héroe absurdo, debe resbalar
y
aferrarse, la cola en vilo,
terco
en su ojo, en su silencio.
El ave
habrá de mirarlo, indiferente,
pero
con súplicas en el pecho.
Que el
felino lo logre, que vuelva
al
punto exacto de su equilibrio,
de su
aguante, de su empeño.
Sólo
eso espera, para entonces,
sin
mayor piedad, emprender
feliz
el vuelo, sabiendo, sin voltear,
que
aquel, su gato, sigue vivo.