Somos los hijos de Rocanegras.
Nos disfrazamos y salimos al mundo
a cacarear, a perifonear,
a esconder nuestras verdades.
Cansados del mal
nos volvimos fantoches,
esa otra forma del mal.
No le hacemos daño a nadie, decimos,
y continuamos la ruta,
sin mirar a los lados,
con anteojos oscuros
a las seis de la tarde.
Con cabelleras rubias.
Con tetas operadas.
Con la boca en forma de culito.
Con demasiado maquillaje.
Con franelas apretadas.
Con vellos en el pecho.
Con betún en la cabeza.
Con marcas registradas,
logotipos del mejor tipo.
Con potestad para emitir juicios
divinos.
Con sabiduría infinita.
Con furia sobre los débiles.
Con mecanismo de almohadas a cada paso.
Con el vidrio subido.
Con cámara hiperbárica.
Con bitácoras de viaje
en fiestas de cumpleaños.
Con la mente en la lejanía.
Somos los hijos de Rocanegras,
y lo peor:
no tenemos la culpa.
Sólo queríamos,
sólo queremos,
que nos dejen en paz,
y el derecho
a ser los héroes
de nosotros mismos,
aquí
en lo tan pequeño.