El cuarto está lleno de sombras de pájaros,
algunos quietos, otros aletean.
Reposa la tarde sobre la cama anónima,
vacía y desordenada en una quietud etérea,
muy cercana a una confortable muerte.
Él escribe y recuerda a la muchacha.
La imagina afuera, enorme en la avenida,
dándole la cara a la multitud que la admira.
En la penumbra, sin embargo,
la sombra la muestra tal como es:
un ave frágil dada a los aspavientos.
El corazón y la voz de ella son leyenda.
Pero él no quiso el sonido de esa voz,
sino sus labios, su saliva.
Él está por la carne. Por la carne y por el dinero.
Manhattan la frívola, la de las modas,
las de las pastillas para adelgazar.
Manhattan la de la gente hermosa.
Ella rio a carcajadas en el sillón,
botella en mano y una teta fuera.
«Me gustan los guapos, pero por ti haré una excepción».
Después, cuando ella le daba ritmo a sus vaivenes de boca,
él le soltó: «Tú también eres fea, muchacha.»
Ella se separó, se tiró hacia atrás sobre las sábanas,
se tomó un trago, se echó a reír de nuevo
con sabroso estruendo:
«Somos feos los dos, pero tenemos la música»,
así dijo ella y volvió a beber.
Él y sus recuerdos están en la habitación número 2 del hotel Chelsea.
Él quizás la necesita a ella, quizás no. Lo que sí es seguro
es que él se llama Leonard y ella Janis.