Tantos amigos que ya no son,
mejores amigos de festín
y de club de caballeros.
Amigos de renombre,
dispuestos a negociar por ti,
cabeza de arcos voltaicos,
locura matemática,
torre inacabada,
tan lejos del mundo,
queriendo del mundo
lo que nunca ha podido dar.
Eran los tiempos
en los que aún se podía creer.
Tú creías, ellos creían,
o eso decían, o así lo pensaban,
convencidos de ser los padres
de un futuro con todas las luces
encendidas.
Pero ellos estaban por otra cosa.
Aunque lo negaran de rodillas
o sobre el vientre de sus amantes,
ellos estaban para ellos mismos,
perecederos en el apretón de manos,
inmortales en su herencia
y en su ventanal con vista
a falsos lagos noruegos.
Tú no, tú lo sabías, ¿verdad?
Sabías que al final te quedaría
una nostalgia inacabada,
de lo roto, de la herrumbre,
aquel banco de Central Park,
una habitación de hotel barato,
y las palomas, tan bobas,
que teniendo alas,
se quedan abajo,
entre limosnas.
Algo de poeta tenías,
de héroe, de hermoso fracaso.