Entregué mis
laberintos a la ciudad,
y ella se
perdió en mí, al fondo,
a la vuelta
de mil esquinas.
La salida,
desplome de oscuras piedras,
hubo de ser
derribada a fuerza de mordiscos.
Ahora me
dibujo una casa en la frente.
Una casa con
suaves cortinas y cantos de pájaros,
donde mis
dedos juegan a ser niños.
Abajo, en la
breña de las raíces,
el laberinto
sugiere algún oleaje malsano
que insiste
en la caída.
Para el
héroe resucitado,
la oreja de Fibonacci
es siempre necesaria.
