Nos
duele la verdad, nos duele el bien,
ese oficio
de santo, de samurái,
de
aguante del cuerpo.
Ansiamos
una luna
con
dos caras iluminadas,
arrancarnos
toda raíz oscura,
creer en
el retiro,
en la
paz de los atolones,
a lo
Marlon Brando.
En la
posibilidad somera
de
estarnos quietos por dentro,
sonrisa
en blanco,
gordos,
canosos,
matando
moscas
con
una paleta.
Ni
siquiera
el
éxtasis religioso,
o el
orgasmo de Dios,
también
pecado.